La crisis, nos guste o no, conlleva cambios. Cambios, nos guste o no, en todos los aspectos sociales e individuales; porque, aunque la crisis tenga una causalidad, un detonante, claramente económico, los distintos niveles que componen una sociedad o las relaciones sociedad / individuo, son niveles o relaciones ligados los unos a los otros y que se afectan de manera recíproca, dialéctica. Quiero decir con esto que la crisis afecta a todos los aspectos de la vida y que a todos ellos va a modificar.
Algunos de estos cambios pueden ser dirigidos, premeditados hasta donde la voluntad y la capacidad puede, y otros impuestos por factores que no podemos controlar: por las circunstancias, por la alienación.
Hay, y en la actualidad más, muchos debates políticos, económicos y, por tanto, sociales, reducidos a dos propuestas simplistas: el si y el no; de manera que el debate complejo, el de las implicaciones (en el doble sentido de compromiso y consecuencia), el debate del cómo, el importante, se nos está robando una vez más.
Añadiré que una crisis profunda como esta requiere soluciones pensando en el medio y en el largo plazo.
Que la crisis afecta a la sanidad y a la educación, al trabajo y a las relaciones de producción, nadie lo puede negar ya; pero aquellos que se empeñan en simplificar con el si y con el no, que explica poco o nada, que confunde; que, sobretodo, niega lo inevitable, son los peores enemigos de una sociedad democrática; y, aunque sólo sea por una cuestión de cantidad, de número, los peores enemigos de la clase obrera. Son los partidarios de las élites directoras y, por tanto, los defensores a ultranza del clasismo, de las posturas más reaccionarias y conservadoras. No olvidemos que, en estas circunstancias, la lucha de clases, siempre presente, se hace, por virulenta, más notable. Y hay que tener claro quién está en cada bando; porque, a veces, las cosas no son como parecen.
Aquellos, los déspotas ilustrados.
La semeya fue tomada este verano en el puerto de Malpica. Me pareció interesante por el contraste blanco / negro (maniqueísmo) y por la figura del perro ladrando a la Luna, que no es más que desengaño de lo inalcanzable.